EL FUTURO DE LA TRANSICIóN ENERGéTICA: CLAVES PARA ENTENDER EL ESCENARIO 2026

El futuro de la transición energética: claves para entender el escenario 2026

El futuro de la transición energética: claves para entender el escenario 2026

Un mundo más fragmentado: COP30 y el nuevo mapa de liderazgos

El resultado de la COP30 nos dejó un mapa de liderazgos globales más disperso y fragmentado, que impacta directamente en la acción frente al cambio climático. Esa fragmentación no es solo diplomática: se traduce en señales contradictorias sobre inversión, regulaciones, precios energéticos y velocidad real de la transición.

En el escenario actual, la transición energética ocupa un rol cada vez más complejo y, en algunos aspectos, difuso. Si bien continúa vinculada a los objetivos climáticos de largo plazo, en la práctica comienza a ser abordada principalmente como una herramienta económica y geopolítica. La atención se desplaza hacia la capacidad de ejecución, la seguridad del suministro y la competitividad, relegando en muchos casos la ambición climática declarativa frente a criterios más inmediatos de resiliencia y desarrollo productivo.

Acuerdos globales y el sobrepaso temporal del 1,5°C: cada vez más cerca

La proximidad del sobrepaso temporal del 1,5°C se vuelve cada vez más difícil de ignorar. Ya lo adelantaba el Presupuesto Global de Carbono 2025 (Global Carbon Budget 2025), publicado durante la COP30: 2025 a la par con 2024 como los años con mayores emisiones globales y temperaturas récord jamás registradas.

Dentro de ese total, las emisiones fósiles vuelven a marcar un récord (38,1 GtCO₂; +1,1%), mientras que la caída de las emisiones por cambio de uso del suelo (4,1 GtCO₂; -9,8%) compensa casi por completo ese aumento y evita que el total crezca. Aun así, la señal de fondo no cambia; el presupuesto de carbono para 1,5°C está prácticamente agotado, equivalente solamente a 4 años de emisiones actuales.

El informe también muestra un cambio en la dinámica regional: China e India crecerían menos en emisiones respecto de años previos, mientras que Estados Unidos y la Unión Europea registrarían aumentos tras varios años de descenso.

 

Estados Unidos: retiro climático y apuesta a los hidrocarburos

En este escenario, Estados Unidos se retiró —una vez más— del acuerdo climático de la ONU. EEUU es el mayor responsable histórico del cambio climático, con un 13% de las emisiones globales acumuladas. 

Siguiendo el informe de Carbon Brief, la participación de Estados Unidos en el calentamiento global es al menos desproporcionada si tenemos en cuenta que su población representa solo el 4% del total mundial. Teniendo en cuenta las poblaciones actuales, las emisiones históricas acumuladas per cápita de Estados Unidos son alrededor de siete veces superiores a las de China, más del doble de las de la UE y 25 veces superiores a las de la India.

Sumado a esto, el pasado tres de enero Estados Unidos intervino Venezuela, el país con la mayor reserva global de petróleo. Hasta la fecha, Venezuela producía alrededor del 1,1% de las reservas globales. Fuentes oficiales de Washington ya anunciaron que el control de la producción y exportación de crudo queda en manos estadounidenses. Es más, se prevé que la producción petrolera de Venezuela podría aumentar en el mediano plazo en unos 700.000 barriles por día y Venezuela se comprometió a entregar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, que luego se planea vender a precio de mercado.

Frente a este plan, queda más que claro que Estados Unidos no solo no va a asumir responsabilidades ni a impulsar una reducción de sus emisiones de CO₂, sino que apostará por incrementar su disponibilidad de hidrocarburos, lo que podría traducirse en un aumento indiscriminado de las emisiones.

Luego de 20 años, el acuerdo entre la UE y el MERCOSUR vuelve a estar en agenda

Mientras Estados Unidos refuerza una estrategia energética centrada en hidrocarburos, otros bloques buscan consolidar su competitividad desde el comercio y las cadenas de valor. En ese contexto, la Unión Europea reabre un capítulo clave: tras más de dos décadas de negociaciones, vuelve a poner en agenda el acuerdo de libre comercio con el Mercosur, actualmente en revisión. Pero este acuerdo es más que comercio; funciona como una señal del modelo económico (y del enfoque climático) que Europa busca impulsar, en un contexto de fuerte polarización ambiental.

La discusión climática aparece porque el impacto no depende tanto de qué se comercia, sino de cómo se produce y se consume a ambos lados del Atlántico. El aumento de CO₂ se explica sobre todo por el sector energético y el transporte, además del consumo privado, que crece cuando sube la actividad económica: más desplazamientos, más demanda energética en los hogares y mayor uso de combustibles fósiles. Cabe aclarar que los países de la UE representan cerca del 12% de las emisiones históricas acumuladas.

El desempeño climático dentro del Mercosur presenta diferencias significativas entre países. En términos generales, la mayoría de los Estados del bloque logra mejorar su eficiencia relativa, al generar mayor valor económico por cada tonelada de CO₂ emitida. Brasil, en cambio, empeora su indicador de emisiones en relación con el PIB. Si bien el bloque en conjunto muestra una mejora agregada, ¿se buscará compensar el impacto climático?

El contraste: China e India registran la primera caída del carbón después de la crisis del petróleo en  1973

En un contexto global más tensionado, aparece un contraste fuerte: en 2025 China e India registraron la primera caída del carbón después de la crisis del petróleo en 1973. Esto es una señal de lo que vendrá, ya que ambos países agregaron una cantidad récord de nueva generación de energía limpia el año pasado, lo que fue más que suficiente para satisfacer la creciente demanda.

China logró esta hazaña a pesar de que el crecimiento de la demanda de electricidad se mantuvo rápido, en un 5% interanual. En India, la caída del carbón se debió a un crecimiento récord de las energías limpias, combinado con un menor crecimiento de la demanda, como resultado de un clima templado y una desaceleración a largo plazo.

En 2025, China probablemente habrá añadido más de 300 gigavatios (GW) de energía solar y 100 GW de energía eólica, ambos nuevos récords para China y, por lo tanto, para cualquier país en la historia. El uso de carbón fuera del sector energético también está disminuyendo, impulsado principalmente por la caída de la producción de acero, cemento y otros materiales de construcción, los sectores que más carbón consumen después del energético.

Si bien este crecimiento está acompañado de una serie de desafíos vinculados a la adaptación de la infraestructura tradicional, se posicionan como ejemplos de países que han estado sustentados por fuentes fósiles y hoy son líderes (junto a los países nórdicos) de la transición energética.

HINS

El presente de las energías renovables: menos acción climática, más resiliencia económica

En 2025, la inversión mundial en energías renovables alcanzó niveles históricos: dos tercios de cada dólar destinado al sector energético ya se orientan a opciones más limpias. En este contexto, las regiones que logren ofrecer energía limpia a gran escala contarán con una ventaja estructural para atraer inversiones vinculadas al desarrollo de la inteligencia artificial y de nuevas industrias intensivas en energía.

De cara a 2026, la transición energética se organiza cada vez menos en torno a grandes promesas de largo plazo y más en función de la capacidad efectiva de ejecutar proyectos, desplegar infraestructura y generar resultados visibles en el corto plazo. Los gobiernos priorizan aquellas decisiones que fortalecen la competitividad económica, sostienen el empleo y consolidan sectores estratégicos —como baterías, hidrógeno, centros de datos o manufactura tecnológica—, aun cuando ello implique relegar el énfasis en los discursos climáticos tradicionales. En este marco, variables como la estabilidad de precios, la seguridad energética y los beneficios económicos locales ganan centralidad en la toma de decisiones.

El respaldo al acuerdo UE–Mercosur por parte de países del bloque nórdico —como Dinamarca, Suecia y Finlandia, líderes indiscutidos de la transición energética europea— ilustra con claridad este cambio de prioridades. Incluso en economías con matrices energéticas altamente descarbonizadas, la agenda climática comienza a articularse con una lógica más pragmática, en la que la resiliencia económica, la competitividad industrial y la seguridad de las cadenas de suministro adquieren un peso equivalente al de los objetivos de reducción de emisiones.

Este enfoque operativo pone de manifiesto que el avance de la transición energética ya no está condicionado principalmente por la disponibilidad de tecnologías renovables, sino por la capacidad de los sistemas energéticos para integrarlas de manera eficiente. La expansión de redes eléctricas, la infraestructura de transmisión y distribución, los marcos regulatorios, los plazos de habilitación, el acceso al financiamiento y la incorporación de soluciones de almacenamiento y flexibilidad se consolidan como factores determinantes. Así, las diferencias entre países y regiones responden cada vez menos al potencial técnico y más a la capacidad institucional, económica y operativa para ejecutar proyectos a escala.

En ese marco, el escenario global continúa siendo complejo. La revalorización de los hidrocarburos por parte de Estados Unidos introduce tensiones adicionales y puede implicar un retroceso a escala global, profundizando las asimetrías en el ritmo de la transición.

Al mismo tiempo, la transición energética deja de ser un objetivo sectorial para consolidarse como un elemento estructural del desarrollo económico y la soberanía. El costo, la disponibilidad y la confiabilidad de la energía inciden de manera directa en la competitividad de las economías, en las decisiones de inversión y en la estabilidad de los sistemas productivos. La forma en que países y empresas gestionen este proceso en los próximos años será determinante para su capacidad de adaptación en un contexto global marcado por mayor volatilidad, tensiones geopolíticas y presión sobre los recursos.

En este contexto, resulta especialmente preocupante que los conceptos de sustentabilidad, acción climática y cambio climático aparezcan cada vez más diluidos en el debate público y en la toma de decisiones. No se trata de idealizar una agenda ni de sostener consignas vacías, sino de preservar la claridad conceptual sobre una realidad ampliamente consensuada, justo en un momento en el que sus impactos son más evidentes y sus consecuencias, más difíciles de revertir.

En un mundo donde la transición energética se redefine cada vez más por criterios de competitividad y eficiencia, el foco ya no está en qué debería hacerse, sino cómo se posicionan concretamente los países y sus economías frente a este nuevo escenario. ¿Qué implica todo esto para un país como Argentina? ¿Qué rol juegan sus recursos, su matriz productiva y, sobre todo, sus empresas en esta disputa por el futuro energético? Lo analizaremos en la próxima entrega.

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