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COP30: DEFINICIONES Y DESAFíOS TRAS DOS SEMANAS EN BELéM

COP30: definiciones y desafíos tras dos semanas en Belém

COP30: definiciones y desafíos tras dos semanas en Belém

Brasil en el centro de la escena

Brasil decidió convertir esta COP en un hito simbólico: trasladar las negociaciones al Amazonas, poner a los bosques y a la transición justa en el centro, y mostrar un liderazgo regional en acción climática. El presidente Lula Da Silva impulsó la idea de elaborar “hojas de ruta” para salir de los combustibles fósiles y frenar la deforestación. Por su parte, el embajador brasileño André Corrêa do Lago, como presidente de la COP30, organizó la discusión en cuatro grandes bloques: comercio, financiamiento, ambición 1,5°C y transparencia de datos.

Al mismo tiempo, la foto política de la Conferencia mostró grandes ausencias. En el segmento de alto nivel no estuvieron los jefes de Estado de los tres mayores emisores globales: China, India y Estados Unidos. El presidente estadounidense, Donald Trump, directamente no envió una comitiva oficial a Belém.

En contraste, la imagen mostró un perfil diferente de liderazgo climático. Se destacaron figuras como la de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, el príncipe William, el primer ministro británico Keir Starmer, el presidente del gobierno español Pedro Sánchez, el presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Friedrich Merz. Desde América Latina, más allá de Lula Da Silva como anfitrión, solo asistieron tres mandatarios: la presidenta de Honduras, Xiomara Castro; el presidente de Colombia, Gustavo Petro; y el presidente de Chile, Gabriel Boric. El resultado fue una cumbre con un mapa de liderazgos globales más disperso y fragmentado.

“Global Mutirão”: un llamado voluntario a la acción por el clima y la naturaleza

El resultado político central de Belém fue el “Global Mutirão”, un llamado voluntario a alinear políticas en torno a la acción climática. En este documento programático se condensan los temas que no estaban formalmente en la agenda de negociación, pero que marcaron el rumbo de la COP: financiamiento, comercio, ambición climática y la forma en que se implementa el Acuerdo de París.

En el texto se incita a acelerar la implementación de los compromisos existentes, al reconocer que el presupuesto de carbono compatible con 1,5°C es cada vez más chico y se está agotando velozmente. Sin embargo, lo hace a través de iniciativas voluntarias y espacios de trabajo adicionales; pero no mediante nuevas obligaciones vinculantes. En la práctica, es un acuerdo que ordena políticamente la conversación y habilita procesos a futuro, pero con ambigüedades y sin la exigencia de resultados específicos.

Adaptación: del discurso a los indicadores

Si hay una temática donde la COP30 dejó algo concreto, fue en adaptación. Se aprobaron indicadores para empezar a medir de manera unificada cómo avanzan los países en el llamado “Global Goal on Adaptation” (GGA). La idea es dar mayor claridad sobre qué significa “adaptarse” y cómo se evalúan los avances en planificación, implementación y apoyo recibido.

Al mismo tiempo, la iniciativa llama a triplicar la financiación para adaptación hacia 2035, pero sin definir claramente desde qué nivel se mide esa triplicación ni qué montos implica en la práctica. Esto hace que el compromiso sea políticamente fuerte, pero técnicamente difuso. Para países vulnerables y regiones como América Latina, donde los impactos de eventos extremos ya son evidentes, el mensaje es que la adaptación empieza a tener más estructura y métricas, pero el dinero disponible sigue siendo insuficiente.

1,5°C y el escenario de sobrepaso

Uno de los gestos más relevantes de esta COP fue reconocer explícitamente que es probable un sobrepaso temporal del 1,5°C. Se señaló que se debe limitar tanto la magnitud como la duración de ese overshoot. No es un detalle menor: es admitir que, con las trayectorias actuales de emisiones, hay una alta probabilidad de que el mundo supere ese umbral y luego tenga que esforzarse por volver a bajarlo.

Esto reordena la conversación sobre ambición. Ya no se trata sólo de recortar emisiones, sino también de cómo se gestiona un escenario de impactos más duros, mayores riesgos y, en paralelo, la presión para desplegar soluciones de remoción de carbono y restauración de ecosistemas. Para los países, implica revisar sus NDCs con metas más claras hacia 2030 y 2035, y para el sector privado aumenta la urgencia de integrar análisis de riesgo climático físico y de transición en la planificación estratégica.

Combustibles fósiles: lo que no se logró

En Belém, más de 80 países llegaron con la intención de lograr una hoja de ruta clara para la transición fuera de los combustibles fósiles. Esa hoja de ruta no apareció en el texto final. El “Global Mutirão” no menciona explícitamente ni el abandono de fósiles ni metas concretas de reducción de producción y consumo.

Ante esa falta de acuerdo, la presidencia brasileña anunció que trabajará en dos roadmaps voluntarios a presentar antes de la próxima COP: uno sobre transición energética y otro sobre deforestación. Serán documentos políticos importantes, pero no forman parte de las decisiones formales de la CMNUCC. El resultado es un mensaje ambiguo; la necesidad de salir de los fósiles está más presente que nunca en el debate, pero el sistema multilateral todavía no consigue traducirlo en compromisos claros y medibles.

Financiamiento climático

Como en prácticamente todas las COPs, el financiamiento fue el hilo conductor en muchas discusiones. Países en desarrollo insistieron en que se cumpla lo establecido en el Acuerdo de París: que los países desarrollados deben proveer financiamiento público para apoyo climático, especialmente en mitigación y adaptación.

Sin embargo, los países industrializados siguieron marcando límites en función de sus restricciones fiscales internas. En lugar de nuevos montos concretos, lo que se acordó fue la creación de un nuevo programa de trabajo sobre financiamiento, que continuará en las reuniones intersesionales de Bonn en 2026. El foco estará en cómo se implementa lo ya acordado y en qué lugar tienen los bancos multilaterales, el sector privado y los instrumentos mixtos. Es un avance procedimental más que sustantivo, pero marca que el tema seguirá en el centro de la agenda.

Artículo 6 y mercados de carbono

En materia de mercados de carbono, la COP30 fue más técnica que política. Bajo el Artículo 6.2, que regula los intercambios entre países, los primeros reportes de transacciones mostraron inconsistencias en todos los casos revisados. La decisión de Belém no sanciona a nadie, pero deja en claro que los países deberán mejorar la calidad de la información y que los equipos de revisión deberán explicar mejor dónde están los problemas y cómo corregirlos.

En el marco del Artículo 6.4, que apunta a un nuevo mecanismo de mercado supervisado a nivel internacional, se confirmó el cierre del viejo Mecanismo de Desarrollo Limpio hacia 2026 y se definieron condiciones para la transición de proyectos hacia el nuevo esquema. Se refuerzan reglas sobre conflictos de interés, plazos y facultades del órgano supervisor. Para quienes trabajan con proyectos de carbono, el mensaje es que el estándar de integridad e información seguirá subiendo, y que no todos los modelos tradicionales serán aceptados sin ajustes.

Bosques y deforestación: ambición y límites

Los bosques y la deforestación tuvieron gran protagonismo, algo lógico en una COP en la Amazonia. Varios países impulsaron la idea de una hoja de ruta global para detener y revertir la pérdida de bosques, coherente con la meta de frenar la deforestación para 2030. Pese a ese impulso, la hoja de ruta no quedó plasmada como tal en el texto final, que solo reafirma la importancia de alcanzar esa meta sin sumar instrumentos nuevos.

En paralelo, se lanzó el Tropical Forest Forever Facility (TFFF), un fondo forestal impulsado por Brasil que busca remunerar a los países por mantener sus bosques en pie, combinando recursos públicos y capital privado, con una ambición de movilizar montos muy significativos en los próximos años. Para países con grandes superficies de bosques nativos o ecosistemas estratégicos, esto abre oportunidades, pero también exigirá más transparencia, monitoreo robusto y participación de comunidades locales en el diseño de proyectos.

Movilizaciones y clima social en la Cumbre

Otro rasgo distintivo de esta COP fue el regreso de las grandes movilizaciones en la calle. Al desarrollarse en un contexto democrático, se habilitó nuevamente una presencia masiva de organizaciones sociales, pueblos indígenas, jóvenes y distintos movimientos climáticos. Hubo marchas multitudinarias en Belém y una agenda paralela muy activa en la llamada “cumbre de los pueblos”.

Al mismo tiempo, se evidenciaron tensiones por el acceso a las negociaciones. Delegaciones indígenas denunciaron barreras de acreditación y costos elevados de alojamiento, y en un momento incluso se produjo el ingreso forzado de un grupo a la zona azul, lo que derivó en respuestas de seguridad y en críticas a la organización. Estos episodios recuerdan que la conversación sobre el clima no es solo técnica: está atravesada por demandas de justicia, participación y equidad que condicionan la legitimidad de las decisiones.

Argentina en Belém: entre el bajo perfil nacional y el protagonismo subnacional

La participación argentina en la COP30 fue percibida, en general, como de bajo perfil. El país acompañó el paquete de decisiones, pero expresó reservas sobre algunos aspectos del texto final. No hubo anuncios de actualización de la NDC ni nuevos compromisos de ambición que destacaran en el plenario de alto nivel.

Lo más interesante se vio por fuera del escenario nacional. En ese sentido, se notó una presencia proactiva de las provincias argentinas, articuladas en la llamada Alianza Verde Argentina (AVA) y en distintos espacios de trabajo subnacional. Córdoba, Santa Fe, La Pampa, Entre Ríos, Jujuy, entre otras, estuvieron presentes en paneles, reuniones y eventos paralelos, mostrando políticas concretas de acción climática, gestión de riesgos y transición productiva. Durante la conferencia, se destacan la firma de un acuerdo entre la Alianza Verde Argentina y el Consorcio Brasil Verde, en paralelo, el inicio de una agenda de cooperación entre provincias argentinas y el Consorcio Interestatal para el Desarrollo Sostenible del Nordeste de Brasil. Estos espacios abren líneas de trabajo conjunto en adaptación, economía circular y proyectos ambientales entre territorios de Argentina y Brasil, con un fuerte protagonismo de los gobiernos subnacionales.

Para el ecosistema local de empresas, gobiernos y organizaciones, la lectura es clara: aun cuando el gobierno nacional no asuma un rol protagónico, la agenda climática sigue avanzando en otros niveles y espacios, y es allí donde se están abriendo oportunidades y también nuevas exigencias.

La COP30 no resolvió las discusiones de fondo sobre combustibles fósiles ni cerró la brecha de financiamiento, pero dejó tres señales nítidas: la adaptación empieza a tener métricas más claras, los mercados de carbono estarán bajo una lupa cada vez más estricta y el foco sobre bosques, justicia climática y participación social seguirá creciendo.

Para actores públicos y privados, esto refuerza lo que ya veníamos viendo: medir, mostrar consistencia entre discurso y acción, y diseñar proyectos con impacto real en territorio ya no es opcional. Es la base para poder ser parte de la conversación climática que viene.

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